Siendo adolescente, vi en el cine la película “Working Girl” y recuerdo quedarme fascinada con algo tan lejano y exótico para mí como el hecho de trabajar en la oficina de una gran empresa hablando en inglés.
Yo crecí en Sevilla, en un barrio obrero y humilde. Mis padres, como la mayoría de sus conocidos, tenían un pequeño negocio (primero una tienda de alimentación en un mercado, y luego un bar). Creo que es justo afirmar que yo carecía de referentes laborales más allá del entorno de mi familia y no sabía bien lo que quería ser de mayor, solo sabía que aspiraba a algo distinto de la rutina que me rodeaba.
Por eso, y a pesar de representar a la mala, ver a Sigourney Weaver en la película, tan elegante, bien vestida, independiente, inteligente, segura de sí misma, y con su corte de pelo perfecto (y aquí va otro referente, moreno y rizado como el mío), me abrió los ojos a lo que quizás con suerte y esfuerzo yo podría ser.
Pero lo cierto es que mi cabecita no terminaba de ver que mi realidad se encontraba más cercana a la del personaje de Melanie Griffith – con su origen de clase trabajadora, su corte de pelo terrible, su ropa sin estilo, su falta de oportunidades y conexiones, su impostor syndrome, y condenada a esforzarse siempre el triple que Sigourney para abrir las mismas puertas.

El tiempo pasó. Crecí, fui a la universidad, entré en el mundo laboral, me marché de Sevilla, viajé, vi mundo, y terminé trabajando en grandes empresas en las que se habla en inglés. En ese sentido se puede decir que mi yo adolescente cumplió con creces su sueño, pero ¿se podría decir que la joven Emilia terminó teniendo éxito? Depende de cómo se defina el éxito y de cómo se mida. El éxito, después de todo, no es más que un KPI.
Una de las mejores cosas de cumplir años es que empiezas a relativizar todo y adquieres una perspectiva de la que careces siendo más joven. Mi yo de 50 años le podría contar muchas cosas sobre el éxito a mi yo adolescente, como que el título de tu puesto de trabajo no te define; que el camino hasta lograr tus objetivos va a estar tan cuajado de obstáculos que te vas a convertir en experta en resiliencia; que habrá muchas cosas a las que tendrás que renunciar y que al final verás que esa renuncia no siempre compensa.
A esa chica le diría, sobre todo, que nunca se olvide de quién es ni de dónde viene porque ahí reside su esencia; que proteja su salud física y mental porque nadie lo hará por ella; y que no se compare con nadie, porque el concepto generalizado de éxito de otras personas no es necesariamente lo que la hará feliz.
Llegados a este punto, reflexiono y pienso que, por desgracia, no puedo compartir mi experiencia con mi yo adolescente, pero por otro lado pienso que quizás podría haber personas interesadas en escuchar lo que he aprendido.
No me considero un ejemplo a seguir, he fracasado más veces de las que puedo contar, y cada día sigo aprendiendo – pero puedo hablar en primera persona de cosas como el peso real de la edad en el mundo laboral, el reto de vivir y trabajar en el extranjero, liderar proyectos y equipos cuando eres mujer y una introvertida de manual, o cultural awareness. Y también puedo hablar de eventos, claro, de cosas como tener en cuenta la diversidad y la inclusión en la planificación de cualquier proyecto, o la visión multicultural.
Me encantaría leer tus comentarios (in English too!).
¿Hablamos?